Mes: marzo 2016

Los relojes suizos se hacen inteligentes

los-relojes-suizos-se-hacen-inteligentesMuchos fabricantes de piezas de lujo han innovado en la tradicional industria artesanal, para incluir chips

A finales de los años 90, cuando el relojero Pim Koeslag estudiaba el oficio en Ámsterdam, no imaginaba que con el tiempo estaría fabricando un reloj con dotes tecnológicos. Fue durante un viaje a Ginebra, que realizó en 2001 con compañeros de clases para conocer las tradicionales relojerías suizas, donde visitó la fábrica Frédérique Constant, en la que trabajaban unas 10 personas. Allí, Peter Stas, dueño y director de la empresa, preguntó si alguien podía ayudar a crear un reloj con el desarrollo del movimiento mecánico. “Yo no sabía cómo hacerlo, pero le dije que lo intentaría.”, explica Pim, desde su luminoso estudio en Ginebra (Suiza).

Ese fue el comienzo de una larga y fructífera amistad, donde actualmente Koeslang lidera la innovación técnica de la empresa. Un camino innovador y especialmente ambicioso, llegando a crear el Grand Tourbillon Minute Repeater, un reloj que Koeslang diseñó y fabricó con sus propias manos y que dio pie a la fundación de la marca Ateliers deMonaco, el brazo de relojes de súper lujo de Frédéric Constant.

El Minute Repeater se vende por 200.000 euros y Koeslang ha hecho solo ocho de ellos. Este hombre intensamente rubio explica que un príncipe de Qatar ya ha comprado tres.

Sin embargo, desde hace un año, Koeslang está sumergido en otra tarea: crear un reloj inteligente. En respuesta a los planes de Apple, cuando presentaron el Apple Watch a principio de este año. “Peter tuvo la locura de crear un reloj conectado hace dos años, y yo fui un poco escéptico, como relojero tradicional”, dice. En apariencia la pieza inteligente de Frédérique Constant sigue siendo el tradicional reloj suizo, con cristal de zafiro, pero sin un miniordenador en su pantalla, como el de Apple. En cambio, en su interior combina las funciones de Fitbit, un programa que sigue las actividades físicas durante el día y la noche. Una pieza de belleza y tecnología que cuesta más de 900 euros.

Para este proyecto contactaron con la empresa Fullpower, una compañía tecnológica de Silicon Valley especializada en wearables (vestibles) quienes han sido pioneros en infraestructura técnica, prestando servicios a Nike y al propio Apple, entre otros. Además de chips, el reloj viene con conexión de Bluetooth. Cuenta los pasos durante el día y por la noche monitorea la actividad del sueño, esta información se guarda dentro del reloj por 30 días. La pieza también se conecta al móvil donde quedan ilustradas las actividades. La inteligencia del cronómetro llega a indicar cuántos minutos te llevan para ir a dormir, señala la hora adecuada para despertar, incluso alerta si deberías moverte más.

Para Koeslang, el reloj sigue siendo un producto artesanal. “Yo he aprendido mucho de la tecnología, es muy interesante”. No obstante, este salto ha supuesto todo un desafío: Koeslang nunca antes había trabajado con chips ni sensores. Los relojeros suizos no lo han necesitado; sus herramientas han sido el tornillo y un destornillador, acompañado de un microscopio para ensamblar a la perfección cada pieza. En esta nueva aventura, tuvieron que adaptar la tecnología, incorporando nuevos materiales para que los sensores funcionen efectivamente.

Pim Koeslang dice que han visto la tecnología como una oportunidad y que para ellos jamás ha sido una amenaza. “Pudimos crear algo que no compite con el Apple Watch, simplemente seguimos con lo que somos, un reloj suizo con buena tecnología, donde, además, agregamos más tecnología”, sentencia.

Desde que comenzó la crisis económica en 2008, los suizos han incrementado la venta de sus relojes, en parte, gracias a la fortaleza de la economía China. Una tendencia que se ha visto a la baja, en particular desde el pasado julio por la deceleración de la economía China, debido a la crisis del Yuan. Las exportaciones bajaron un 9,3%, traducidas en unas pérdidas de 1.771 millones de euros, según los datos de productores de relojes suizos. De esta cifra mundial, sólo China supuso un 40% menos.

Y es precisamente por los vaivenes de la economía mundial, junto a la aparición del Apple Watch, que algunos relojeros suizos han tenido que innovar. Un cambio tan fuerte, que no tiene parangón. Pues, en la época de los 70, durante la aparición de los relojes japoneses de cuarzo, años de crisis en la industria suiza, la herida no caló tan profundo. Es más, incluso, los relojes suizos salieron fortalecidos. Tanto así, que algunas empresas suizas siguen fuertemente aferradas a su tradicional modelo de negocio, gracias a la fabricación artesanal.

Concept Watch

Es el caso de la exclusiva casa de relojes H.Moser, cuando en la feria de relojes Baselworld de este año, Edouard Meylan, su consejero delegado, provocó el ambiente anunciando que presentaba un reloj inteligente. El resultado: la puesta en escena del Concept Watch. Un reloj de 20.000 euros, que por su diseño minimalista, de puro oro blanco, se opone al Apple Watch.

¿Y, cuál es la inteligencia del reloj? En conversación con esta periodista Meyland responde que “hemos creado relojes inteligentes por más de 100 años, todos nuestros relojes son inteligentes, Lo que Apple hace es otra cosa, no se compara con lo que nosotros producimos”.

Por ello indica que su empresa no va a incluir tecnología de Silicon Valley, pues, a su manera, ya es tecnológica. “Creo que para algunas empresas suizas el Apple Watch ha sido una amenaza. Para nosotros, al contrario, creo que puede ser beneficioso”, dice. Y añade: “yo compraré un Apple Watch, pero lo utilizaría como una herramienta, no como un reloj. Lo diseñaron como un reloj porque es la mejor manera de entrar en el mercado”.

Meyland agrega que cuando vio que algunas de las empresas suizas como “Frédérique Constant , Montblanc, Bulgari y Tag Heuer, comenzaron a evolucionar con la tecnología, me sorprendieron”. Destaca que actualmente hay dos grupos de negocio en la industria de relojes; los que se quedan con la tradición, y los que tratan de crear un reloj inteligente. Según él, este último grupo es muy oportunista. Pues aquí se diluye un poco lo que es la tradición suiza de relojería. Incluso, prevé que “tal vez, tengan efectos negativos en un futuro”.

H. Moser es una empresa familiar, muy tradicional, que produce 1200 relojes por año. Meyland explica que durante la crisis del cuarzo la competencia para la industria suiza fue directa. Pero con constancia y una buena estrategia de marketing supieron capear el temporal. Por ese motivo hoy “la gente que compra un reloj suizo, compra belleza”, dice. Sin embargo, con un “Smart Watch se compra tecnología. Por ello no creo que sea una competición. La única competencia es que ambos se llevan en la muñeca”, sentenció firmemente.

Fuente: elpais.com


Inventan un reloj que permite tener la galaxia entera en la muñeca

Inventan un reloj que permite tener la galaxia entera en la muñecaTodos sabemos la ingeniosa creación que suponen los smartwatches, ya que hacen que confluya el poder de la tecnología moderna con la elegancia.

Sin embargo, este nuevo invento, el Midnight Planétarium, lleva a los relojes 2.0 a un nuevo universo, nunca mejor dicho. Creado por Van Cleef & Arpels en colaboración con el relojero holandés Christiaan van der Klaauw, este exquisito reloj de pulsera va más allá de indicar el tiempo o servir como un accesorio de moda. Según sus creadores, «ofrece la fascinante posibilidad de llevar el universo en su muñeca». Algo inédito.

El reloj de oro rosa consta de 396 piezas diminutas y cuenta con una réplica en miniatura de nuestro sistema solar, integrando el Sol, una estrella fugaz y seis planetas enjoyados, pues cada planeta está representado por una piedra preciosa o semipreciosa. Mercurio está hecho de serpentina; Venus, de cloromelanita. Marte, tan de moda en la actualidad, de jaspe rojo; Júpiter, de ágata azul; Saturno, de sugilita. Y, por último, la Tierra, representada con un hermoso color turquesa.

Además, cada planeta se mueve en su propio disco con su auténtica velocidad, representando con precisión el movimiento de los planetas en sus órbitas alrededor del Sol. Pero no es oro todo lo que reluce. El relojero holandés Van der Klaauw tuvo que dedicarse a la tarea durante años, y el mecanismo de carga que simboliza dicho movimiento fue uno de los más costosos de llevar a cabo.

Pero, ¿y las agujas del tiempo? No hay, y precisamente para eso está la estrella fugaz, que indica las horas y los minutos. Y todavía hay un detalle más poético que hace que este reloj sea más un espectáculo artístico que un producto básico de la vida cotidiana.

Una flecha roja colocada a lo largo del borde exterior del Midnight Planétarium hace que se pueda alinear con una fecha deseada, por ejemplo, un cumpleaños, aniversario o cualquier otra ocasión. En ese día tan especial, la piedra que representa la Tierra se alineará con una estrella que está grabada en el cristal de zafiro. No solo es una maravilla técnica, sino que da a este reloj un toque más personal.

Pero el universo no está al alcance de la mano. Al menos no para muchos. Llevar la galaxia en tu muñeca cuesta lo suyo: 245.000 de dólares. Tal y como reza su lema: «El sistema solar está más cerca de lo que piensas».

Fuente: ABC


Una revolución nunca sale redonda

Una revolución nunca sale redondaClé, lo nuevo de Cartier, tiene una caja que juega con formas curvilíneas y una corona en forma de llave. El resultado, además de funcionar a la perfección, no se parece a nada que se haya visto antes

Formas ha habido muchas. Estuvo el Santos, aquel reloj cuadrado que Louis Cartier creó en 1904 para el aviador brasileño Alberto Santos Dumont. Un poco más tarde, en 1917, apareció el rectángulo en las líneas del Tank, otro icono de la maison francesa. El Crash no tiene formas (bueno, sí, pero es como si le hubieran golpeado con un martillo: es imposible definirlo). Y también están los redondos, claro. Pero, ¿redondos que no lo son? De esos sólo existe Clé.

Su presentación en el último Salón Internacional de la Alta Relojería en Ginebra fue uno de esos momentos estelares que no se viven muchas veces en el mundo de los guardatiempos. Porque, por mucho que Cartier sepa un par de cosas sobre hacer relojes revolucionarios, lanzar una familia completamente nueva, con un calibre recién salido del cascarón, es un atrevimiento inusual. El nuevo Clé (llave en español) posee una esfera redonda, pero por la forma de su caja, semiovalada, da otra apariencia; un truco visual cuyo misterio viene reforzado por esa extraña corona que no se parece a ninguna de las que habitualmente portan los relojes. Porque es, y funciona, como una llave. Dándole vueltas se controlan las agujas. Otro detalle: mirado de perfil se vislumbra que la caja es curvada, al igual que su fondo, con lo cual se adapta a la muñeca como un guante. Esto es más que un tópico: es cierto.


Por qué ningún reloj, por sofisticado que sea, dará nunca la hora exacta

Por qué ningún reloj, por sofisticado que sea, dará nunca la hora exactaLa física y la relojería sirven en bandeja la excusa perfecta para los que siempre llegan tarde: “No he sido yo, es él”

Los suizos son esas personas que convirtieron el tiempo en un arte. Y no nos referimos a las predicciones meteorológicas que ocupan tanto o más tiempo (nunca mejor dicho) en los telediarios como el fútbol. Hablamos de proezas de microingeniería llamadas relojes que, desde hace décadas, muchísimas, esos maestros encerrados en valles y montañas rodeados de nieve se han dedicado a fabricar con mimo y dedicación envidiables, casi enfermiza. Su objetivo ha sido, y sigue siendo, crear relojes precisos, perfectos, exactos, bellos. Y, sobre todo, imprescindibles, necesarios. Al fin y al cabo ellos rigen la vida. Esos cachivaches nos despiertan, nos dejan caer a qué hora hay que ir al trabajo, cuándo hay que parar para comer, la siesta, la cita con el médico, con el novio/a, cuándo empieza la sesión de cine… “¿cuándo dices que echan el capítulo tres de la octava temporada?”. Es el ritmo, el motor que mueve el mundo, que estimula a las personas. Pero, y aquí surge la gran duda, ¿son exactos? Por muchas complicaciones que tenga (ecuación del tiempo, tourbillones varios, carruseles, cronógrafo, calendario perpetuo) o innovaciones tecnológicas (titanio, espirales y volantes de silicio, magnesio, etcétera) la respuesta es: no. Nunca darán la hora exacta.

No nos preocupemos por la exactitud de nuestros relojes –ya sean de cuarzo o mecánicos– porque rara vez nos dirán el preciso instante que vivimos”

Ernest Valls, director técnico de la revista MDT

¿Por qué? Paciencia, no se apuren, lean esto antes de tirar sus relojes a la basura, porque como afirma Ernest Valls, director técnico de la revista MDT (Máquinas del Tiempo), “no nos preocupemos por la exactitud de nuestros relojes –ya sean de cuarzo o mecánicos– porque rara vez nos dirán el preciso instante que vivimos, por lo que mejor disfrutemos de llevarlos y de las historias que atesoran por los momentos compartidos”. Dicho esto, habría que puntualizar dos aspectos que convierten los relojes en maravillosas armas imperfectas: uno se mueve en al ámbito de la física; el otro en el astronómico. El investigador del Instituto de Física Teórica IFT UAM-CSIC de Madrid, José Luis Fernández Barbón, es experto en lo primero, en la física: “En todo reloj hay dos aspectos teóricamente importantes: precisión (intervalo de tiempo entre tictacs consecutivos, que podemos llamar ‘pulsación’) y fidelidad (resistencia a errores, es decir, el reloj no pierde ni gana ningún tictac durante mucho tiempo). En las entrañas del reloj siempre hay algún componente interno que oscila de forma regular. La precisión es mayor cuanto mayor sea la frecuencia de este oscilador, mientras que la fidelidad está relacionada con la estabilidad del oscilador. Un reloj infinitamente fiel tendría dentro un móvil perpetuo. Lo más parecido a un móvil perpetuo en la naturaleza son los electrones dentro de los átomos, porque las leyes de la física nos dicen que todos los átomos son idénticos, y sus propiedades no cambian con el tiempo si no se les perturba desde fuera. Así que conseguir fidelidad implica basar el reloj en átomos, y aislarlos en lo posible.

“Esto explica que los relojes más fieles sean los atómicos, que teóricamente podrían correr por mil millones de años sin perder un segundo”, añade el físico. Alguien que persiga la exactitud plena en su reloj de pulsera debería plantearse hacerse con un atómico, pero esto sería algo costoso y, sobre todo, muy difícil de llevar en la muñeca por razones de (gran) tamaño. Aun así, si usted se hace con un guardatiempos atómico portátil, tampoco las tiene todas consigo. Habla José Luis Fernández Barbón: “En cuanto a la precisión máxima de un reloj atómico, está limitada por la velocidad a la que ocurren las cosas en el interior de un átomo. Así que la pulsación nunca puede ser menor que el tiempo que tarda la luz en cruzar un átomo (esto es la millonésima parte del grosor de un cabello humano) ¡a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo! Eso es un tictac bien pequeño… Pero si queremos algo aun más preciso, hay que usar un oscilador más rápido, como por ejemplo los procesos nucleares. El problema es el principio de incertidumbre de Heisenberg, según el cual manejar tiempos más pequeños cuesta una energía cada vez mayor. Y cuanto mayor la energía, más cuesta controlar la fidelidad. ¡Operar con un reloj nuclear es complicado por razones obvias!”. Como él mismo confiesa, “la ‘hora exacta’ no existe en un sentido estricto. Pero un reloj de pulsera está muy lejos de darla”. ¿Les ha dejado chafados la explicación aportada por la física? Pues echen un vistazo a las argumentaciones más relojeras y astronómicas, por así decirlo, las que tienen que ver con el tiempo solar verdadero (o aparente) y el tiempo establecido o tiempo solar medio (en el que nos movemos, el que marcan los relojes, el que rige nuestra vida diaria).

Y sí, son diferentes… De nuevo, lo sentimos. La duración de un día se basa en el intervalo de tiempo existente entre dos momentos consecutivos en los que el sol ocupa la misma posición en el cielo. A esto se llama mediodía y coincide con la posición más elevada del sol. Si la tierra solo se dedicara a ejercer el movimiento de rotación alrededor de sí misma, todo sería más fácil. Como detalla Jordi Colomé, miembro de la web Watch Test (una de las mejores de relojería en español), el sol tardaría exactamente 24 horas en aparecer en el punto más alto de nuestro firmamento. “Pero la traslación está ahí, al acecho, y es la culpable de que no podamos responder tan alegremente. ¿Por qué? Pues porque tenemos la mala suerte de que la órbita que la Tierra sigue alrededor del Sol no es circular, sino elíptica, haciendo que el intervalo de tiempo que sucede entre esas dos posiciones idénticas consecutivas no sea siempre el mismo ni que tenga un valor exacto de 24 horas, sino que sufre una desviación que depende de una de esas complicadas fórmulas que nada tienen que ver con una relación sencilla y lineal”.

“Un reloj parado es exacto dos veces al día. Y uno en marcha solo lo será cuatro veces al año”

A grandes males, grandes remedios. Como resulta obvio que andar con días que no tienen exactamente la misma duración complica el asunto (aún teniéndola hay quien nunca llega cuando debe), para estandarizarlo se acordó que mejor no basar los horarios de los aviones y autobuses, la programación de la tele y todas esas cosas importantes de la vida, en el ‘tiempo solar verdadero (o aparente)’; y fue ahí donde apareció el ‘tiempo solar medio’, un señor mucho más estable que sí respetaba esas 24 horas por día, ni un segundo más ni uno menos. Ernest Valls es rotundo: “No son pocas las ocasiones que los ‘raritos’ de los relojes mecánicos nos hemos de defender frente al resto de mortales cuando estos nos dicen que su reloj de cuarzo –y más barato– es más exacto que nuestro bello guardatiempo –y más caro– de pausados latidos. La verdad… Nos da igual. Además, casi se puede decir que conocer con exactitud el instante en que estamos es mera ficción. Un reloj parado es exacto dos veces al día. Y uno en marcha solo lo será cuatro momentos al año: el 15 de abril, el 14 de junio, el 1 de septiembre y el 25 de diciembre, cuando coincide, aproximadamente, con los equinoccios y los solsticios. Lo primero es una broma. Esto último se debe a la ecuación del tiempo”.

¿Y qué es eso? Una complicación propia de la alta relojería (piezas caras, sublimes) que indica la diferencia entre el tiempo solar verdadero o aparente y el tiempo solar medio: “Para ello, en algún sitio de la esfera del reloj –cuenta Jordi Colomé– disponemos de una pequeña aguja que se va desplazando por una escala cuyos límites responden el primero al 3 de noviembre, cuando el tiempo solar medio va 16 minutos y 33 segundos por detrás del tiempo solar verdadero; y el segundo, a mediados de febrero, en el que la desviación tiene lugar con el signo contrario y es el tiempo verdadero el que va unos 14 minutos por detrás del tiempo solar medio. Para ser sincero y a pesar de la personal y gran admiración que como aficionado a la alta relojería siento por la ecuación del tiempo, tampoco con ella podríais responder con exactitud la incógnita, puesto que se trata de una indicación que informa de la desviación que un día determinado de nuestro calendario presenta respecto de la hora solar verdadera, pero no informa de la desviación instantánea”. No se pongan tristes, al menos tienen el consuelo de las cuatro veces al año. Porque, al fin y al cabo, ¿quién quiere un reloj para ver la hora? Y si lo que buscan es precisión enfermiza, sigan el consejo de Jordi Colomé: “Consigamos un reloj de sol, aunque no acaba de convencerme la idea de andar siempre con uno a cuestas”.

Fuente: elpais.com